La enseñanza nos hace semejantes a Dios
Fr. Ed Benioff - Added on Monday, August 11, 2014

La enseñanza, como la paternidad, es una tarea muy difícil. La escolarización es obligatoria en muchos países, pero la educación debe ser una opción personal. Y la mayoría de los estudiantes, por lo menos una parte del tiempo, optan en su contra. Los niños tienen que ir a la escuela, pero no podemos hacer que aprendan; y algunos de ellos se resisten activamente incluso a los esfuerzos de los mejores maestros. Eso hace más difícil la educación para todos, pero especialmente para el profesor.

 

La educación es altamente difícil. De hecho, es una tarea divina, una tarea que es propia de Dios, pero que él comparte con personas que ha llamado y escogido especialmente para ello.

 

Los maestros están haciendo la obra de Dios. En el Antiguo Testamento, Dios se revela como un maestro. Así es como lo vio el profeta Isaías (Isaías 30, 20). Así es como aparece en el libro de Job (36, 22).

 

En el Nuevo Testamento nos enteramos, por boca del mismo Jesús, de que Dios es el único verdadero maestro (Mateo 23, 8), y de que todos somos sus alumnos, ya sea que nuestro escritorio esté al frente de la clase o en algún punto intermedio.

 

Si la educación es una tarea que parece imposible para los simples humanos, ¡tal vez sea porque verdaderamente lo es! Sólo Dios puede realizarla convenientemente.

 

Y podemos ver que la profesión de “maestro” era considerada un oficio sagrado en la Iglesia primitiva. Se le consideraba una vocación especial, un llamado de Dios. A lo largo de los Hechos de los Apóstoles y de las cartas del Nuevo Testamento, vemos que Dios llamó maestros para su Iglesia, y que ellos eran tan estimados como los obispos y los profetas (véase, por ejemplo, Hechos 13, 1; 1 Corintios 12, 28; Efesios 4, 11).

 

Eso no significa que ellos hayan considerado fácil su trabajo. Muchos de ellos, al igual que muchos de los primeros obispos y profetas, eran poco apreciados, eran rechazados, despreciados, y seguramente mal pagados por todo su esfuerzo. De hecho, muchos fueron condenados a muerte. Ellos se parecían a Jesús en todos sentidos.

 

Las tareas que tiene que realizar un maestro pueden parecer imposibles; pero nada es imposible para Dios (Lucas 1, 37). Si Dios nos llama a hacer algo, él nos da la capacidad que necesitamos para responderle con fidelidad. La tradición cristiana le llama a esto la “gracia de estado”. Cuando se nos da un estatus particular en la Iglesia, se nos da también la ayuda divina para manejar las dificultades que ese estado conlleva.

 

Lo repetimos nuevamente, eso no significa en lo absoluto que la vida de un maestro sea fácil. De hecho, podemos estar seguros de que no lo será. Para Jesús nunca fue fácil ese trabajo, y eso que él tenía a su disposición toda la gracia del cielo.

 

Si esta vocación es difícil, es porque lo que está en juego es algo de alto valor. Bajo esa perspectiva, la enseñanza es más bien algo exactamente igual que la paternidad, y aquellos maestros de la Iglesia primitiva consideraban a sus alumnos como sus propios hijos. “¿Tiene hijos?”, le preguntó el magistrado a San Papylas en su juicio. “¡Muchos, ciertamente!”, respondió Papylas. Y entonces alguno de los oyentes señaló que Papylas estaba hablando acerca de sus alumnos, que eran sus “hijos espirituales”.

 

Los maestros afectan para toda la eternidad, dijo Henry Adams. Ellos nunca pueden marcar hasta dónde llega su influencia.

 

Ellos nunca podrán decir hasta qué grado influyen.

 

De hecho, sólo Dios sabe hasta qué punto la influencia de un maestro fiel llegará a influir en el transcurso de la vida de un estudiante, o, incluso, de las generaciones futuras. Y su influencia no sólo fluye del material que abordan los planes de estudio, sino también de sus comentarios casuales, de alguna sonrisa espontánea o del simple conocimiento por parte del alumno de que alguien se interesa por él.

 

En todas estas cosas, los maestros trabajan de una manera divina, y reflejan la vida de Dios que los ha llamado y los ha capacitado.

 

Piensen en los maestros que más han influido en ustedes. Tómense hoy un momento para orar por ellos, incluso si ya fallecieron. Y si todavía están vivos, tal vez ustedes pueden tomarse otro momento para escribirles una nota de agradecimiento. 

comments powered by Disqus